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La tierra tiene nombre de mujer

Hay una hora en el campo en que la luz todavía no sabe si será día. El gallo rompe el silencio, la neblina se deshace sobre los sembrados y, antes de que el sol encuentre su lugar en el cielo, ya hay manos que se levantan.

Manos que conocen el peso del agua, la textura de la tierra después de la lluvia, el lenguaje callado de las plantas. Manos que siembran, riegan, cosechan, cuidan animales, amasan, cosen, enseñan y sostienen.

Manos que, muchas veces, no aparecen en las estadísticas, pero sin las cuales el campo no sería campo. Sería apenas un paisaje esperando alguien que lo haga vivir.

Este 15 de octubre, el mundo vuelve la mirada hacia ellas. La Organización de las Naciones Unidas conmemora el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una fecha establecida por la Asamblea General en diciembre de 2007 y celebrada por primera vez en 2008, para reconocer su papel esencial en el desarrollo agrícola y rural, la seguridad alimentaria y la lucha contra la pobreza.

Pero detrás de cada fecha hay rostros. Hay una abuela que guarda semillas como quien guarda recuerdos. Hay una joven que aprende a manejar una finca con la misma firmeza con que aprendió a leer. Hay una madre que madruga para llevar al mercado lo que la tierra le entregó, y que regresa con monedas contadas, con cansancio en los hombros y con una sonrisa que no se rinde.

La mujer rural no solo produce alimentos. Produce continuidad. Produce memoria. Produce futuro.

Ella es la que sabe qué parcela pide descanso, qué cultivo resiste la sequía, qué árbol da sombra a los niños en la hora del calor. Es la que convierte un patio en huerto, una semilla en esperanza, una cosecha en comida para la mesa y para la comunidad.

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Sin embargo, su jornada rara vez termina cuando cae el sol. Después del campo, viene el hogar. La comida, la ropa, los hijos, los ancianos, las decisiones silenciosas que nadie contabiliza, pero que mantienen en pie a las familias y a los pueblos.

Es un trabajo que no siempre lleva salario, ni título, ni aplauso; un trabajo que la ONU ha reconocido como parte decisiva de la vida económica y social de las comunidades rurales.

Y aun así, persisten las desigualdades. Menos acceso a la tierra, al crédito, a la tecnología, a la formación y a las decisiones. Menos visibilidad para quienes más dan. Por eso, este año la conmemoración se inscribe en el llamado mayor a visibilizar las brechas que aún sufren las mujeres rurales, reclamar su participación en la toma de decisiones, fortalecer la protección social y reducir la brecha digital.

Porque no basta con admirar a la mujer del campo. Hay que escucharla. Hay que garantizarle derechos, tierra, crédito, capacitación, tecnología y voz.

Hay que entender que cuando una mujer rural avanza, no avanza sola con ella avanzan sus hijos, su comunidad, su localidad y el país entero.

En este año, además, la fecha adquiere un significado especial porque las Naciones Unidas declararon el Año Internacional de la Agricultora, una iniciativa que busca poner en el centro el liderazgo de las mujeres en los sistemas de producción y alimentación.

Quizás por eso, hoy, cuando el sol se derrama sobre los sembrados, conviene detenerse un instante. Mirar la tierra no como un simple territorio, sino como una historia escrita con sudor, paciencia y amor.

La tierra tiene nombre de mujer.

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Tiene el nombre de la que madruga sin que nadie se lo pida. De la que siembra aunque el clima sea incierto. De la que cosecha aunque el mercado sea difícil. De la que enseña a sus hijas que la dignidad también se cultiva.

Este 15 de octubre no celebramos solamente un día en el calendario. Celebramos a las mujeres que hacen posible que el pan llegue a la mesa, que el campo no se apague y que la vida encuentre, cada mañana, una razón para brotar.

A ellas, a las mujeres rurales, les debemos más que palabras.

Les debemos justicia. Les debemos oportunidades. Les debemos futuro.