La Educación en Cauto Cristo cuenta este primero de septiembre con la asequibilidad de una obra construida tras décadas de Revolución.
No todos hoy con los uniformes, o los recursos necesarios pero sí con los maestros suficientes, capacitados, atentos y cuidadosos, como quien tiene un hijo bajo su cuidado. Esta nación bloqueada carece hoy de bienes, pero no de servicios. Aquí están quienes enseñan desde pre escolar la igualdad de los derechos de las niñas y los niños.
No siempre fue así. Antes de 1959, la educación era un privilegio. Quienes podían pagar, estudiaban. Los demás, quedaban al margen. En Cauto Cristo, las escuelas eran contadas y los maestros escasos.
Tras el triunfo de la Revolución, todo cambió. Un ejemplo de esta transformación se vivió en la escuela primaria Calixto García Íñiguez, en la localidad de Juan Hernández. Allí, el General de Brigada Ramón Cruz Mastrapa, combatiente revolucionario, rememoró su niñez y comparó las condiciones actuales con las de aquel entonces, cuando ese mismo centro era un colegio privado al que muchos no podían acceder. Hoy, por el contrario, la educación es gratuita y para todos.
El primer edificio construido en este municipio fue la escuela para hembras, llamada Tomás Estrada Palma en la localidad de Babiney, bajo su presidencia neocolonial. Al triunfo de la Revolución, fue llamada Vicente Quesada, en honor a ese líder estudiantil y revolucionario, convirtiendo el plantel en oportunidad para todos los alumnos.
Uno de los hitos fundacionales de esta nueva realidad fue la Campaña de Alfabetización de 1961. En Cauto Cristo, maestros voluntarios llegados de toda Cuba, se instalaron en casas de campesinos para enseñar a leer y escribir. Esa epopeya, que declaró al país libre de analfabetismo, también alcanzó a este municipio, donde más de tres mil personas aprendieron a firmar su nombre y a leer las primeras letras.
Esa fue la semilla de la educación como derecho. Hoy, el municipio cuenta con 43 escuelas.
En Cauto Cristo, como en toda Cuba, el sistema educativo es una obra colectiva, de los que enseñan y los que aprenden, de los que recuerdan y los que construyen. Cuando los niños vuelvan a las aulas, llevan consigo esa herencia: la de saber que la educación aquí es la inversión más segura para el futuro. Esa luz que encendió la Revolución.