Cada 21 de septiembre, el mundo conmemora el Día de la Paz, una fecha que nos convoca a reflexionar sobre el legado de quienes dedicaron su vida a luchar por un mundo sin guerras. En ese ejercicio de memoria, la figura de Fidel Castro Ruz emerge con claridad.
En su discurso de 1962, al recibir el Premio Lenin de la Paz, afirmó con una lucidez profética: «La lucha por la paz significa luchar por salvar a la Humanidad de una destrucción apocalíptica, por salvar cientos de millones de vidas de hombres, mujeres, jóvenes, ancianos y niños». Hablaba desde la certeza de que el equilibrio mundial pendía de un hilo y que la supervivencia de la especie dependía de la capacidad de los pueblos para frenar a los fabricantes de guerras.
«La paz, la distensión, la coexistencia pacífica, el desarme hay que demandarlos, hay que exigirlos, hay que conquistarlos, puesto que no surgirán por generación espontánea y en el mundo de hoy no existe otra alternativa, si es que queremos preservar la vida de la humanidad». Esta idea rompe hoy con la lógica de quienes, desde el privilegio, hablan de la «paz» bajo la condición de uqe los pueblos se sometan.
El pensamiento de Fidel vinculaba indisolublemente la paz a la justicia social. No puede haber paz verdadera donde reina la explotación, el saqueo colonial o la desigualdad estructural. «La lucha por la paz significa también la lucha por la independencia de los pueblos, significa la lucha por la libertad de las colonias, significa la lucha por el desarrollo de los países más pobres, significa la lucha por liberar a los pueblos de la explotación y el dominio imperialista», proclamó en 1962. En su visión, cada pueblo que conquista su soberanía, cada nación que se libera del yugo imperialista debilita las fuerzas que desencadena las guerras.
El Comandante elevó la lucha por la paz a la categoría de imperativo ético universal. «Luchar por la paz es el deber más sagrado de todos los seres humanos, cualesquiera que sean sus religiones o país de nacimiento, el color de su piel, su edad adulta o su juventud», escribió en febrero de 2016, apenas unos meses antes de su partida física.
Hoy, cuando el Día de la Paz nos convoca a renovar ese compromiso, la lección de Fidel sigue siendo válida: la paz no se mendiga, se construye con justicia; no se impone desde arriba, se conquista desde los pueblos. Y en ese combate, como él mismo dijera, «cada cual debe luchar por la paz a su manera, cada cual debe luchar por la paz con lo que pueda y como pueda».
Esa es, quizás, la herencia más valiosa que podemos reivindicar en una fecha como esta: entender que la paz es un derecho sagrado, pero también una tarea pendiente que exige, como sugirió el Líder Histórico de la Revolución Cubana, conciencia, firmeza y voluntad inquebrantable de no claudicar jamás ante los hacedores de guerras.