El talento no crece solo, necesita, como las plantas, tierra fértil, agua en el momento justo y alguien que sepa cuándo regar y podar. En el sistema educativo cubano, la formación vocacional y la detección temprana de capacidades convergieron desde octavo grado en Fernando José Joa Cruz, un joven talento de Matemática e Informática.
Bastó una charla vocacional para encender la curiosidad de Fernando y aparejado a ella, su vinculación al Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas (IPVCE) Silberto Álvarez Aroche, en la Ciudad Monumento Nacional. Lo que aquel muchacho de 13 años no podía avizorar es que ese sería el primer peldaño de una escalera de retos que el sistema educativo, la familia y un profesor incondicional lo ayudarían a escalar.
LA SEMILLA
Fernando es un joven tímido, de pocas palabras y una sonrisa cálida que sobresale incluso en medio de sus nervios. Quien lo conoce lo sabe. En la entrevista, sus respuestas son breves, a veces esquivas. «Bastante», dice cuando le preguntan si sintió nervios. «Feliz», confiesa sobre su reciente medalla de plata en la Olimpiada Iberoamericana de Informática. Digamos que es más dado a los números, a programar o resolver algoritmos que al diálogo, al menos con desconocidos.
El profesor Hebert Hechavarría Morales, su entrenador, lo detectó temprano. Con 30 años de experiencia en Educación y seis como entrenador del equipo de Informática, Hebert sabe reconocer el talento cuando lo ve. Y en Fernando vio algo especial: esa curiosidad que no se apaga.
«Cuando Fernando estaba en octavo grado, comenzamos a trabajar con él. Dimos una conferencia en su escuela. Ahí percibimos que ya él dominaba las preguntas que a veces uno le hace cuando empieza los temas a estudiantes del preuniversitario, y nos dijimos: “A este niño hay que captarlo”», manifiesta Hechavarría Morales.
Dada su capacidad y dominio de las Matemáticas, aunque estaba en noveno grado, preparaba a su hermana mayor para las pruebas de ingreso a la Universidad.
Pero el talento solo no basta. Detrás de este resultado que hoy se celebra existe todo un ecosistema: la familia incondicional que autorizó que su hijo viajara un día a la semana para entrenar; los compañeros del IPVCE que también lo ayudaron a insertarse en el proceso; y un profesor que se convirtió en algo más que un entrenador y que es capaz de ver en él a otro hijo.
FORMADOR DE TALENTOS
«Lo primero que buscamos en los estudiantes es el interés por la ciencia, las ganas de aprender, de indagar. Después vamos viendo las características propias de su talento, la facilidad que tienen. Porque hay algunos que se inclinan más por las letras, pero aquellos que se inclinan por la ciencia son los que uno trata de captar.
«Por ejemplo, los que se interesan por la Matemática, los que tienen buena lógica, porque en la Informática hay que razonar bastante. Esas son las cosas que uno busca», precisa Hechavarría Morales.
El entrenamiento de Fernando es intenso. Cuando está en el IPVCE, alguien tiene que recordarle que existe un mundo fuera de la pantalla: la hora de comer, la merienda, el timbre de clase. «Se le va el tiempo resolviendo ejercicios. Es lo que le gusta, y se olvida de todo lo demás», explica el profesor.
Aparejado a la preparación individual, Hebert cultiva un ambiente de grupo, en el que los estudiantes comparten, resuelven problemas juntos, hablan de sus intereses. «Que se vean ellos como una familia, como un equipo y que entre todos se ayuden a seguir superándose».
LOS RESULTADOS
El recorrido de Fernando ha sido una carrera en ascenso, peldaño a peldaño: en noveno grado, obtuvo medalla de plata en los concursos nacionales de Matemática e Informática y formó parte de la preselección nacional; en décimo grado, conquistó el oro en ambas disciplinas.
En 2024, siendo aún un adolescente, irrumpió con fuerza al conquistar el oro en la Olimpiada Centroamericana y al estrenarse en el exigente escenario del Concurso Internacional Universitario de Programación con una medalla de bronce a nivel del Caribe. Lejos de conformarse, en 2026 regresó a la misma competencia y subió un peldaño, hasta la plata.
Su gesta más reciente, fue su medalla de plata en la Olimpiada Iberoamericana de Informática, en la que no solo brilló con luz propia, sino que impulsó a la delegación cubana hacia el sexto puesto por naciones.
Esta última, celebrada en La Habana en formato virtual, fue una prueba de cinco horas con cuatro interrogantes de alta complejidad que pusieron a prueba sus habilidades avanzadas en programación, resolución de problemas y desarrollo tecnológico.
«Aunque alcanzó una presea de plata, no está del todo satisfecho. Sabe que pudo haber dado más –comenta Hebert–, pero ya le he dicho que no se desanime. Una medalla de plata en una competencia iberoamericana es un excelente resultado».
Durante este último certamen, Cuba obtuvo diez medallas en total: tres de plata y siete de bronce. Fernando fue uno de los tres plateados, junto a Maité Morales Carreras y Diego Ernesto Camacho Arcis, ambos de Villa Clara.
HACIA UZBEKISTÁN Y MÁS ALLÁ
El próximo desafío ya está en el horizonte. Fernando ha sido seleccionado para el equipo Cuba que participará en la Olimpiada Internacional de Informática, que se celebrará en Uzbekistán del 9 al 16 de agosto.
Su meta académica está clara: estudiar Cibernética. Ya tiene asegurado el ingreso a la Universidad, gracias a sus resultados como integrante del Equipo Cuba. La Habana o Santiago son las opciones. Mientras tanto, sigue entrenando, porque no es de los que se conforman.
«Él siempre quiere saber más y probarse a sí mismo. Es muy competitivo. El primer inconforme con los resultados es él mismo», corrobora su entrenador.
EL FUTURO DE LA INFORMÁTICA EN CUBA
Pero el futuro de la informática en Cuba no depende solo de las olimpiadas. Depende de que existan más profesores como Hebert Hechavarría, dispuestos a buscar talento en las escuelas secundarias, a sacrificar su tiempo, a convertirse en «padres» de sus estudiantes.
Depende de que las instituciones entiendan que detrás de cada medalla hay un proceso que necesita recursos y apoyo tecnológico. Y depende de que jóvenes como Fernando, que hoy sueñan con ganar una presea en Uzbekistán, encuentren en Cuba un lugar donde su talento pueda seguir creciendo.
EPÍLOGO
«Lo que más disfruto es la sensación de haber estado en el proceso, de ver a Fernando crecer. Ahora, en el tiempo que queda, trataremos de que él avance un poco más y logre mejores resultados. Sé que le esperan cosas grandes en el futuro, porque inteligencia y talento tiene», asevera su entrenador.
Y quizá, esa sea la lección más profunda de esta historia: que el talento, cuando encuentra quien lo mire con paciencia y lo riegue con constancia, termina siempre por dar frutos. Fernando José Joa Cruz es la prueba viva de que en Bayamo, en una secundaria cualquiera, pueden estar creciendo los próximos grandes programadores de Cuba. Solo hace falta descubrirlos y, sobre todo, ayudarlos a crecer.
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