Hay una manera de contar el bloqueo que no admite eufemismos: medirlo en tiempo. Catorce horas de bloqueo equivalen al costo de la insulina que necesitan todas las personas diabéticas del país. Dieciséis días, al cuadro básico de medicamentos. Dos meses, a la canasta familiar normada de un año entero. Y 19 minutos –19– al precio de las sillas de ruedas de todas las escuelas especiales de Cuba.
Estas equivalencias no son una figura retórica. Forman parte de la actualización del informe anual sobre las afectaciones del bloqueo. Y son, quizá, la forma más honesta de explicarle a un joven de 20 años por qué al país no le alcanza: porque a cada carencia cotidiana le corresponde una decisión política tomada a 90 millas de su casa.
El bloqueo no es un dato macroeconómico que se discute en foros. Es la razón por la cual un estudiante universitario no puede descargar un libro de texto actualizado, un emprendedor no accede a una pasarela de pago internacional, un egresado de Medicina no encuentra el reactivo en su laboratorio, o una joven investigadora no puede comprar el equipamiento que su proyecto necesita, porque contiene más de un 10 % de piezas de origen estadounidense.
Sobre ese impacto se ha pronunciado sistemáticamente el Ministerio de Relaciones Exteriores. En el artículo El bloqueo y sus impactos en la juventud cubana (Misiones de Cuba, 12 de abril de 2024) se identifican los ámbitos en los que el cerco golpea con más fuerza a las nuevas generaciones: el acceso a materiales educativos y tecnología, la conectividad, el financiamiento al emprendimiento, la participación en eventos internacionales y el bienestar emocional. Y se señala el efecto que el propio texto califica como uno de los más dolorosos: el estímulo a la emigración de jóvenes con más talento.
Ese diagnóstico tiene correlato en la vida organizada de la juventud. La Unión de Jóvenes Comunistas ha llevado la denuncia al terreno con iniciativas como la Expedición Tumba el Bloqueo, iniciada en Artemisa, en la que 16 jóvenes recorrieron provincias explicando con ejemplos concretos cómo la política estadounidense encarece la vida cotidiana. Y más de 120 organizaciones y movimientos juveniles de 61 países lanzaron el movimiento internacional «Todas las Voces por Cuba», para coordinar acciones globales y «romper el bloqueo mediático» que intenta silenciar los efectos de la asfixia económica.
El informe presentado por Cuba este año ante la ONU estima los daños del bloqueo entre marzo de 2024 y febrero de 2025 en 7 556,1 millones de dólares, un incremento del 49 % respecto al periodo anterior. A precios corrientes, el daño acumulado histórico asciende a 170 677 millones de dólares. Y al valor del oro, para evitar la fluctuación del dólar, la cifra alcanza los dos billones 103 897 millones de dólares.
Hay un dato que debería interesar a cualquier joven que se pregunte por su futuro: de no haber existido el bloqueo en el último año, el Producto Interno Bruto de Cuba habría crecido un 9,2 %.
A esto se suman los mecanismos concretos del cerco: la inclusión fraudulenta de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo –una herramienta políticamente motivada, como denunció el miembro del Buró Político y ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla–; la activación de demandas al amparo del Título iii de la Ley Helms-Burton; las represalias contra navieras, aseguradoras y transportistas; y la persecución de transacciones financieras, incluso las más pequeñas, de cubanos residentes en el exterior que intentan ayudar a sus familias.
El resultado es medible: en este periodo, 40 bancos extranjeros –27 de Europa, seis de América y siete del resto del mundo– se negaron a realizar operaciones con entidades bancarias cubanas, y 140 operaciones no se concretaron.
En el terreno digital, las afectaciones al sector de las comunicaciones y la informática se estimaron en 58 772 100 dólares en un año, con la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba como la más golpeada por la política extraterritorial. Las facilidades anunciadas en mayo de 2024 para que el sector privado accediera a servicios digitales y financieros –una demanda directamente juvenil– nunca se materializaron.
Además, en este 2026 el cerco contra la Mayor de las Antillas está siendo recrudecido como nunca antes. Cualquier válvula de escape que encuentra el país es atacada por la Casa Blanca.
Sería un error de análisis, y también de solidaridad, convertir la resistencia juvenil en una coartada. Que una generación estudie a la luz de un teléfono durante un apagón es una muestra de dignidad; no es una política pública. Que un joven emprenda sorteando obstáculos bancarios es creatividad; no es un entorno favorable. La resiliencia es la respuesta a la adversidad, no un sustituto de las condiciones que el país necesita y que el bloqueo le niega.
Para la juventud cubana, la victoria de este 28 de octubre en la ONU no es diplomacia abstracta. Es la posibilidad de que, en algún momento, deje de medirse su futuro en horas de bloqueo. Porque la pregunta que esta generación tiene derecho a hacer es cuánto podría construir si el cerco desapareciera.