A más de 20 kilómetros de la cabecera municipal, en las estribaciones de la Sierra Maestra, en Campechuela, ha echado raíces un joven que, con tijera, peine y máquina en mano, se ha convertido en un referente de la comunidad.
Eduardo Pérez Díaz lleva doce años ejerciendo el oficio de barbero, más de una década de navajas, conversaciones y una clientela fiel que ve en su silla un lugar para algo más que un simple corte de pelo.
En la barbería del joven, que se alza como un pequeño faro en medio del Consejo Popular de Cienaguilla, el precio es justo y medido.
Mientras en las ciudades un corte básico puede oscilar entre 200 y 500 pesos, y un degradado supera con creces esa cifra, aquí los costos se mantienen acordes a la realidad de sus paisanos.
«No se trata de lucro excesivo, sino de sobrevivencia», podría decir, parafraseando a otros colegas. Él lo explica con la misma sencillez con la que maneja sus herramientas.
«El precio tiene que ser justo para el cliente, pero también tiene que cubrir los gastos, porque esto no es solo sentarse a pelar. Hay que comprar los insumos, pagar la patente, la electricidad… y los impuestos», dice.
Y es que este trabajador por cuenta propia (TCP) no es de los que esquivan al fisco; al contrario, cumple con sus deberes tributarios, convencido de que es la única manera de construir un futuro digno y formal en el país.
La jornada de este barbero comienza temprano, cuando aún el sol no castiga con fiereza las calles de Cienaguilla. Los clientes llegan sin prisa, y en su silla se tejen las historias del pueblo. Es confidente, consejero y, en ocasiones, psicólogo.
«He visto de todo en estos doce años», comenta con una sonrisa que se refleja en el espejo.
«Desde el muchacho que viene a arreglarse para la fiesta, hasta el anciano que se sienta y me cuenta su vida mientras le recorto las canas. Cada persona es un mundo, y el corte es solo la excusa», asegura.
En medio del ajetreo al preguntar cuáles son los aspectos más positivos de su trabajo la respuesta es inmediata.
«La independencia y el cariño de la gente. No tener que rendir cuentas a nadie, poder organizar mi tiempo y, sobre todo, la confianza que la gente deposita en mí. Cuando un cliente se va satisfecho con su corte, esa es la mejor paga», contesta.
Pero no todo es color de rosa. Al cuestionarle sobre los aspectos negativos, su rostro se ensombrece.
«Lo más duro es la falta de insumos. Comprar una máquina eléctrica recargable, unas tijeras de calidad o incluso el talco se ha vuelto un desafío tremendo por los precios en el mercado informal. La inflación golpea fuerte y a veces piensas que todo el esfuerzo no alcanza», manifiesta.
A pesar de los obstáculos, el barbero de Cienaguilla se mantiene firme. Como muchos cuentapropistas en la isla, ha aprendido a navegar en la economía de gigante, con una inventiva que sorprende. Sabe que el éxito no se mide solo en pesos, sino en la constancia y el orgullo de un trabajo bien hecho.
«He sobrevivido a crisis y desabastecimientos, y aquí sigo. Esto es lo mío, es mi vida», sentencia.
Su barbería, un espacio modesto pero pulcro, es el reflejo de ese espíritu de superación que caracteriza al cubano de a pie.
Mientras guarda sus herramientas al final del día, el joven barbero mira a lo lejos, hacia las montañas que rodean el barrio. Sabe que la situación económica del país no da tregua y que el camino es cuesta arriba.
Sin embargo, en su mirada no hay derrota. Hay la certeza de que, con oficio y honestidad, cada tijeretazo es un paso adelante; porque en Cienaguilla, donde el agua escasea y el polvo lo cubre todo, la esperanza aún se cultiva, y él es uno de sus más fieles jardineros.